
En estos días estamos escuchando muchos mensajes llenos de buenas intenciones acerca del uso de los espacios públicos, la recuperación de la memoria histórica de la ciudad y varios etcéteras que en general no se pueden dejar de compartir. Edificio de la ex Terminal, empedrado, Recova y otras cuestiones se mezclan en esa inveterada costumbre argentina de opinar sobre todo lo que nos moviliza sentimientos.
Así, surgió como propuesta la idea de convertir a la ex Terminal de Omnibus y ex Mercado Municipal en un Museo del Automóvil. Se habla de la memoria automovilística, del corazón fierrero de la zona, de la pasión por la velocidad, de la cuna de las 500Millas y de hermosos recuerdos.
Sin embargo, más allá de las palabras, las declamaciones, las buenas intenciones y todo el catálogo de sentimentalismos, está la realidad. Las 500 Millas se transformaron en leyenda a partir de 1926 y entre ese año y la década de los '50 se corrieron en un circuito que estaba ubicado en lo que hoy es la prolongación de Bv. Roca, donde estaba la recta principal (se podía llegar en tren) y un rectángulo que completaban la calle Santos Dumont (forma el límite Oeste del área urbana rafaelina), la ruta 70 y un camino ubicado más al Oeste. A grosso modo, digo, porque no faltará el que me corrija algún dato. Pero esa era la traza aproximada.
En la esquina de Santos Dumont y Bv. Roca alguien tuvo el buen tino de colocar un monolito con una placa recordatoria. Uno imagina que entre tanto rafaelino tocado por la pasión fierrera, tanto amante de lo histórico, tanto devoto del patrimonio histórico y tanto nostálgico de las ricas tradiciones de la región habrá muchos que irán, de vez en cuando, a derramar una lágrima en esa esquina por donde pasaron las Talbot de Fangio y cía, o donde brillaron aquellos locos audaces que marcaron una época. Y que además de derramar una lágrima se preocuparán por preservar de alguna manera la memoria histórica.
Lamento decir que no. El monolito está así, como lo muestra la foto: abandonado, sin placa, entre malezas y yuyales que son un flaco homenaje a la historia. No faltará el desprevenido ignorante de la tradición deportiva de la ciudad que se preguntará para qué diablos habrán puesto ese pedazo de cemento allí. El Bv. Roca se transforma en un camino perdido, lleno de yuyales en donde andarán los fantasmas de un César Scandroglio, aquél que manejaba el célebre Pajarón, un monstruo mecánico con motor de avión; o de tantos que dejaron su vida detrás de un volante o dando rienda suelta a su amor por los fierros. La calle Santos Dumont es utilizada por otros rafaelinos, no tan nostálgicos ni cultores de la historia, que van a tirar basura, aunque a pocos metros tienen la estación de residuos clasificados.
A ver: todo bien con las ideas, propuestas, sueños y anhelos. Pero éste es un buen ejemplo de la distancia que puede haber entre los sueños que se alimentan en las mesas de café -"que nunca preguntan", como dice el tango- y la realidad cruda e insoslayable.
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