El 14 de noviembre celebramos, con nuestros compañeros de la Promoción 1984 de la Escuela de Enseñanza Media Nº 204 Domingo de Oro, la querida ex Escuela Normal, nuestros 25 años de egresados. Antes de la ceremonia protocolar de estos casos nos reunimos en un aula para compartir una clase conmemorativa con algunos de los docentes que marcaron a fuego nuestra formación personal y nuestra educación en aquellos años vitales de nuestra adolescencia.
Raquel Negro nos habló desde su doble condición de docente y madre, porque además de ser nuestra profe de Biología es la madre de Pili, con quien compartimos los doce años de escuela primaria y secundaria. Pero con ella estaban también Remo Acastello, Marta de Gino y otros docentes y todos compartieron lo que dijo Raquel en esa ocasión: “Fueron momentos muy felices para mí, porque estaba en el pleno desarrollo de mis actividades y del ejercicio de la docencia, que me encantaba y por eso disfruté de ella”.
Eugenia Spagnol, que egresó junto a nosotros y ahora es maestra, también nos representó a todos cuando destacó eso que percibimos siempre pero que sólo aprendimos a valorar más con el paso del tiempo. La Colo habló de “la pasión con que nos daban clases, el reconocernos, el llamarnos por el nombre a cada uno de nosotros, el hecho de que pasen los años y nos sigan recordando por ese nombre”.
Esos sentimientos se construyeron sobre una relación asentada en un principio fundamental: el respeto. Nosotros éramos adolescentes, teníamos la rebeldía instalada en el corazón, soñábamos con cambiar el mundo, queríamos derribar los muros de la mediocridad y perseguíamos las utopías de una sociedad que se desperezaba tras la pesadilla de los años de la dictadura. Enfrente estaban nuestros profesores, más brillantes o menos lúcidos, más flexibles o menos simpáticos, más exigentes o menos duros. Cada uno en su rol: el docente, al lado del pizarrón; nosotros, en los pupitres; los porteros, haciendo el mantenimiento; los directivos, en su responsabilidad de hacer cumplir las normas. En el medio, el respeto. La palabra del docente era la última.
Si la memoria no me falla, la única sanción disciplinaria que se aplicó a algunos alumnos de nuestra Promoción fueron unas amonestaciones (¿fueron tres?) en los últimos días, porque alguien le sacó una zapatilla a una compañera y la tiró al piso de abajo. Claro que teníamos nuestros errores y nuestros desafíos a la autoridad, pero existían los límites. Hasta ese mínimo “desborde” era sancionado. Cuando nos íbamos al mediodía, en la puerta estaba Clides Bruera, que en paz descanse, con su melena inconfundible y su cara de regente perpetua, símbolo de la autoridad. La sentíamos un escalón más arriba de los mortales comunes, porque esa era la noción que teníamos de la directora de la escuela.
Esa Clides casi inaccesible era la misma directora que podía ir personalmente a conversar sobre la conducta de un alumno hasta la casa de la familia. Como fue a mi casa, para decirle a mis viejos que no me había presentado a un turno de exámenes en marzo, que además había rendido mal una segunda materia y que si no rendía bien la última que me quedaba, la indescifrable matemáticas de tercero, (dos días después) iba a repetir el año, datos que por supuesto yo había ocultado. Me vieja ni dudó de lo que decían Clides y Marta Ferrero, nuestra preceptora de entonces. Le contó a mi viejo, que tampoco anduvo con vueltas: él, que nunca me había dado ni un chirlo en la cola cuando era chico, me pegó el único cachetazo que me dio en su vida. Nunca más mentí sobre las notas en el colegio. Rendí bien, claro, no sin hacer un curso acelerado de matemáticas con el aliento de mis viejos –y hasta de mis hermanos, todos mayores que yo- en la nuca.
Pueblo chico, infierno grande
Menos de un mes después de aquél reencuentro que tanto nos emocionó, nuestra querida escuela Normal quedó en boca de todos por los hechos ocurridos en la famosa “vuelta olímpica” de la Promoción 2009, con los hechos que son de público conocimiento.
No pretendo hacer juicios de valor, ni señalar culpas, ni apuntar responsabilidades. Sí decir que vi llorar a algunos docentes a los que conozco y valoro. Me dolió escuchar sus testimonios, como también me dolió saber que habrá egresados que dentro de 25 años no podrán compartir una charla como la que tuvimos nosotros con nuestros antiguos profesores (vean el video aquí), ese sábado 14, en el primer aula de la galería Norte. No la podrán compartir porque ellos no tuvieron un acto de colación que recuerden con cariño, pero fundamentalmente no la podrán compartir porque no hubo respeto en la relación natural que debe darse dentro de una comunidad educativa entre docentes, directivos y alumnos.
Me dolió enormemente ver a un director quebrado emocionalmente. No conozco a Carlos Dellasanta más que como un ahorrista damnificado en el caso de la Mutual Ben Hur a quien alguna vez le hice una nota por ese tema, o porque me tocó ir a pedirle prestado el cañón de la escuela para pasar un video en esa clase alusiva de nuestra Promoción. Desde afuera, creo que pecó por demasiado indulgente. Pero le creí cuando me confesó, casi entre lágrimas, que “los chicos nos desconocieron totalmente”. También conozco a muchos padres que legítimamente se sintieron defraudados porque fueron a un acto de colación de grados y se encontraron con un “escrache” público de sus hijos. Repito: no es hora de hacer acusaciones, ni de señalar culpables. Son personas excelentes, y soy de los que piensan que de personas excelentes en el 90% de los casos salen padres excelentes.
Sin embargo, hubo un hecho objetivo, que fue lo que pasó el 26 de noviembre. Se me ocurre que no hubiera existido un 26 de noviembre si los protagonistas de la vuelta olímpica hubieran tenido la noción de por dónde pasan los límites entre la natural espontaneidad de la juventud y la indiferencia absoluta por la dignidad ajena.
Estoy dolido, y también indignado. Porque ahora parece que habrá un sumario administrativo contra los directivos, o contra los docentes, o contra no sé quién. Y estoy indignado porque tengo la sensación que desde el Ministerio de Educación, lejos de ofrecer una respuesta institucional de altura, que proteja el rol formador de la Escuela, le ordenaron a los docentes agachar la cabeza. Cedieron a un reclamo cuya legitimidad es materia opinable, fundamentalmente si se advierte el tono de "apriete" utilizado por algún interesado. Buscarán un “cabeza de turco” y señalarán un culpable. Se lavarán las manos, en suma.
No es casual. Si en estos días hemos leído, a propósito del paro docente, algunos comentarios infames que denigran la profesión del maestro, no puede sorprendernos que los pibes hagan lo que hacen. Me di cuenta que pasaron 25 años desde nuestra Promoción. Siento que, como sociedad, como rafaelinos, como gente que considera a la educación un pilar fundamental del desarrollo de los pueblos, perdimos cosas. Algo nos pasó en el medio. O nos pasó por arriba y no supimos darnos cuenta.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
ALGO NOS PASÓ EN EL MEDIO. ¿O NOS PASÓ POR ARRIBA?
Etiquetas:
educación,
Promoción,
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vuelta olímpica
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