

El proceso electoral que acaba de finalizar dejó muchas cosas en claro que iremos tratando de desgranar en los próximos días. Una de las cuestiones sobresalientes es que la interna del justicialismo no se resolvió, así como tampoco quedaron atrás las diferencias de acción y de concepción que brotaron en el Frente Progresista.
Lo más interesante está en el lado del peronismo, porque es el partido de gobierno y porque con el último voto contado el 27 de setiembre comenzó la carrera al 2011 por la sucesión de Omar Perotti.
Por supuesto el primer interrogante es si efectivamente Perotti cerrará en 2011 su ciclo como intendente, como lo ha venido sugiriendo en los últimos tiempos. La segunda pregunta es qué rol se reservará para sí mismo. ¿Será el gran elector, como todos suponen? Si se atribuye la palabra final para bendecir a un heredero, ¿se conformará con un dirigente de su entorno o buscará sorprender con un golpe de efecto, empujando al ruedo político a alguna figura de refresco?
Buscando al heredero
Entre los colaboradores de Perotti no sobran los talentos con “piné” suficiente para enfrentar la misión de conducir la Intendencia de Rafaela. Sobran los dedos de una mano para contarlos, podría decirse. Luis Castellano, con por lo menos dos turnos electorales en los que se expuso a riesgos importantes (en el 2005 y en el 2009, primero en las legislativas que ganó el FPCyS en la provincia y este año en la confrontación interna con el peironismo) sin el arrastre de una boleta en la que figure el apellido Perotti, acredita un invicto electoral que seduce al pragmatismo perottista.
Hay que esforzarse mucho para encontrar otro. ¿Daniel Ricotti? El secretario de Obras Públicas no tiene perfil político y no siente la camiseta partidaria, dados sus orígenes demoprogresistas. ¿Roberto Mirabella? Demasiado chamuyo para la mentalidad práctica de los rafaelinos. ¿Mario Rossini? Hace rato que no habla en serio con Perotti de cuestiones de fondo. ¿Rosario Cristiani? No tiene entrada en la exigente clase media local. ¿Alcides Calvo? Si el elegido es un hombre de la política, del partido, puede ser la única carta alternativa a Castellano. Pero no tiene la gimnasia que acredita el concejal en los temas locales, aunque puede hacer gala de mejores contactos propios.
Acompañame, acompañate, arreglate
Si no aparece una figura ajena al entorno partidario, el candidato natural del perottismo para la sucesión sería Luis Castellano. Su carrera encontrará obstáculos naturales. El primero: la oposición férrea de Ricardo Peirone. Desde el domingo, Castellano sabe con absoluta certeza que el diputado es un adversario que no está dispuesto a resignar su sueño de volver al principal despacho de Moreno 8.
Cuando se contaban todavía los votos de las primarias, en la noche del 2 de agosto, Perotti y Castellano coincidieron en un mensaje para Peirone: “en el peronismo, el que gana conduce y el que pierde acompaña”, dijeron a coro. A su destinatario la vieja premisa del General le entró por un oído y le salió por el otro. Peirone nunca procesó ese mensaje. Nora Gramaglia y Daniel Frana se integraron nominalmente a la lista de Castellano. Pero nunca pusieron el corazón ni la mente en el esfuerzo electoral del oficialismo. El resultado quedó a la vista el domingo: Castellano no pudo sumar ni una centésima en su porcentaje final. Los votos del peironismo se fueron a otro lado. Lolo Bauducco, que sumó mil votos más que en agosto en una elección con menor participación ciudadana; o el Movesa de Miguel Acosta, que duplicó su performance gracias a un difuso proyecto de construir viviendas por el sistema cooperativo, una experiencia que en su momento impulsó la COPROVI bajo la tutela del desaparecido Ivo Zamora. El contador que ayudó a construir ese hermoso proyecto que fue la COPROVI se llamaba Ricardo Peirone, un ex compañero de militancia de Ivo que todavía no había sido elegido por Omar Perotti para ser su secretario de Hacienda. Cualquier similitud con el proyecto de Acosta no parece mera coincidencia.
Paradojas del destino, algunos de los beneficiarios de los planes del recordado Ivo, que no se caracterizaba por la prolijidad de sus emprendimientos, suelen visitar la oficina de Castellano para tratar de solucionar los múltiples problemas formales que derivaron de aquél emprendimiento cooperativo.
Dos espacios, un solo lugar
Está claro, entonces, que en el peronismo rafaelino no basta con ganar para conducir, ni perder genera la obligación de acompañar. ¿Por qué sucede esto? Sencillo: en el PJ local no hay un conductor. Perotti y Peirone no conducen. Mandan, que es distinto.
“Algunos creen que gobernar o conducir es hacer siempre lo que uno quiere. Grave error. En el gobierno, para que uno pueda hacer el cincuenta por ciento de lo que uno quiere, ha de permitir que los demás hagan el otro cincuenta por ciento de lo que ellos quieren. Hay que tener la habilidad para que el cincuenta por ciento que le toque a uno sea lo fundamental”. Lo decía Perón en esas clases de conducción política que Peirone más que Perotti –por una cuestión generacional y de edad biológica- mamó en su juventud.
Ninguno de los dos parece haber leído a Perón, a juzgar por lo que hacen. “Los que son siempre amigos de hacer su voluntad terminan por no hacerla en manera alguna. Ustedes han de haber visto esto entre los mismos compañeros. Hay algunos voluntariosos, que siempre quieren imponer su voluntad, que nunca transigen con los otros. Si trabajan en su circunscripción, todo ha de ser para ellos. Esos son peligrosos, nunca llegan lejos y se matan solos en el camino. No han sido capaces de desprenderse de ese cincuenta por ciento, e ignoran que en política, como en todo, “el que mucho abarca poco aprieta”, refrendaba el General. Los discípulos no le hacen caso, como se ve.
Enemigos íntimos
Perotti y Peirone tienen estilos de conducción personalistas. Uno no quiere compartir los espacios y las decisiones finales de su gobierno. Al otro ni le hablen de renunciar a los dogmas que construyó en sus 8 años de gestión municipal. Hay una diferencia: Perotti puede trabajar con gente que responda a criterios más amplios que los suyos. Le cuesta, pero puede hacerlo. De hecho, convocó a su gabinete a personas de otro signo político. Pero no le temblará el pulso para cerrar la puerta del freezer detrás de los que no le respondan en última instancia.
Peirone hizo de la virtud de la convicción el defecto de la obstinación y convirtió la perseverancia en capricho. Sucedió durante su Intendencia y sucedió en el proyecto político personal que comenzó a gestar cuando advirtió, sin vuelta atrás, que la relación con su mentor de los ’90 no tenía retorno. Por eso no aceptó acompañar a Castellano ni a nadie que desprendiera aroma a perottismo. Aunque unos necesitan de los otros, Peirone no se preocupó por cuidar los puentes que le permitan volver atrás.
Es cierto que hay muchos descontentos en el peronismo rafaelino. Hay “viudas” del poder y hay gente que siente que su cabeza fue transformada en escalón para posibilitar ascensos que no reportaron beneficios. No es menos cierto que el espacio de la disidencia tuviera un conductor existiría algo que se llama contención. Ceder ese 50% del que hablaba Perón es algo que no entra en una mente como la de Peirone, porque ceder es perder y sumarle al adversario es ceder. En la misma encrucijada, ¿cómo habría reaccionado Perotti? Buena pregunta. Hay otras: ¿le alcanzará al perottismo sin Perotti ir solo a la pelea por la intendencia, como fueron solos a esta pelea por las bancas del Concejo? Si el candidato a intendente fuera Peirone, ¿no le harán falta las voluntades a las que puso en la vereda de enfrente retaceando el compromiso para el turno del 27 de setiembre? Los cruces de resentimientos, ¿se extenderán más allá del 2010?
En los estilos de los líderes está la explicación para la interna irreconciliable del peronismo rafaelino, que dejó abierto el capítulo de la pelea de fondo, la del 2011. Hay dos espacios y ningún conductor: sólo dos hombres grandes, con virtudes y defectos, que eligen mandar antes que conducir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario