
Santa Fe no era una joya antes del 2008. Sería extenso de enumerar la lista de horrores de los 24 continuados de justicialismo. Vernet y el puente Colgante; Carlos Aurelio Martínez –aquél ex vicegobernador de Vernet y ex intendente de Santa Fe que terminó en cana y confundió la resurrección del Ave Fénix con la del Gato Félix- y los juguetes de Antonio Vanrell; etc. Con Reutemann y luego Obeid llegó la ola menemizadora: la escandalosa privatización de la ex Dipos, la enajenación del Banco Provincial –con el consiguiente correlato de la pérdida del instrumento financiero provincial, que para colmo de males pasó a un grupo de malandras de guante blanco como los hermanos Rohm-, y todas esas cosas que ya sabemos: la justicia entongada con el poder político, la errante política educativa y de salud, la precarización de algunos empleos públicos, etc. Está todo en la memoria colectiva.
Está claro que Santa Fe no era un Mercedes Benz ni una Ferrari. Pasó la peor crisis de la historia argentina sin emitir bonos ni cuasimonedas, no estaba endeudada, registraba un interesante promedio de obras públicas construidas y en marcha, y ni aún en las peores épocas –y conste que hubo épocas malas en este bendito país- estuvo en duda el pago de sueldos, que no serían muy altos pero tampoco estaban entre los más bajos, y que además se abonan en los primeros días de cada mes.
No, Santa Fe no era una Ferrari ni un BMW. Diríamos que era un Falcon bien mantenido: un fierro anticuado, con tecnología de otra generación, duro para llevar, incómodo para viajes de largo plazo, pero con un motor potente, rendidor y una carrocería como las de antes, de las que se bancan el roce del tránsito de las horas pico. El “Falcuncho” no estaba para el Salón del Automóvil, pero seguro que a pata no te dejaba.
Hasta que llegaron los pibes socialistas, con sus socios del Frente. “A éste lo manejo yo y van a ver como vienen los buenos tiempos”, desafió el conductor. Prometió un modelo picante, con buena aceleración, tuneadito con llantas deportivas y colores al tono, con GPS para no extraviarse. Gente linda, nos iban a dar un autazo. Sacaron el Falcuncho del garage, le pegaron una relojeada al tablero para ver cuánta nafta quedaba y salieron a correr picadas, soñando con la Fórmula 1, que vendrían a ser las presidenciales del 2011. Pero estaban en un TC y Pechito López hay uno solo.
Pasó lo que se temía. Los pibes derraparon en la primera curva y pisaron la banquina. Para colmo se largó a llover: llegó la crisis con el campo y el terremoto financiero mundial y pronto el conductor y sus pibes se dieron cuenta que no estaban en la autopista a Buenos Aires camino a la Rosada, sino que andaban por la 70, pagando peaje para esquivar los baches y sin saber por dónde retomar la 34 para por lo menos volver a Rosario, que eso sí saben donde queda.
Asustados por los saltos, las amistades que habían conquistado con su buena onda empezaron a chillar. Los maestros, que ya estaban hartos de renegar con el Falcon y fueron los primeros en pasar por la concesionaria para cambiar el modelo, fueron también los que inauguraron la onda de poner el grito en el cielo. Pero la desbandada promete ser mayor y los que van al lado del conductor, que pueden ser pícaros para la joda pero no comen vidrio, ya le están tocando el hombro para que levante el pie del acelerador, mire las señales del camino, ponga los papeles en orden y se prepare para aflojarse el cinturón y dejarle el puesto a ellos, que tienen ganas de manejar un poco después de 20 y pico de años a pie.
El problema es que los pibes del volante todavía no le agarraron la onda al Falcon y, la verdad, parece que la adrenalina del peligro los atrae. Eso sí, el Falcon ya tiene déficit de pintura: suma como 2.000 rayones y unos cuantos bollos. Empezó a largar humo por el motor, anda flojo de gomas, la ruta tiene curvas peligrosas y los empleados no quieren hacerle un cambio de aceite ni limpiarle los parabrisas sin la propina, que ya calcularon en el 20% para el 2010.
¿Me despisté yo también? Perdón. Sucede que acabo de leer La Capital y algunos portales santafesinos. Hablan de la noticia del día: el Poder Ejecutivo santafesino remitió un mensaje a la Cámara alta solicitando utilizar el Fondo Unificado de Cuentas Oficiales, para cubrir necesidades transitorias, como es el caso del pago de los sueldos y aguinaldos correspondientes al mes de diciembre. El tercer artículo del mensaje autoriza al Ejecutivo a girar en descubierto letras, pagares u otros medios de pago, y a contraer deudas a cancelar dentro del ejercicio económico, a efectos de atender desequilibrios transitorios de caja.
Reina la sensación de que tumbamos la chata. En eso ya estamos armonizados con Córdoba y Buenos Aires. Si los maestros paran porque no reciben aumentos, si los empleados públicos están preocupados porque no saben qué pasará con sus sueldos, si no vemos obras faraónicas en marcha y las pocas que hay se pagan con la plata del Estado Nacional, si nos muestran maquetas y suspenden licitaciones, si firman contratos y después patean la pelota para los próximos 4 meses, significa que de verdad se patinaron la guita. Suena duro, feo, desagradable. Independientemente de cómo suena, es la verdad.




























