viernes, 24 de julio de 2009

EN RAFAELA LOS NADIES SE MUEREN DE FRIO

La noticia está allí, en la crónica de los diarios de este viernes frío, helado, que eriza la piel tanto como el titular implacable. Un rafaelino murió en una casilla precaria, en la zona de la estación del ferrocarril Nuevo Central Argentino. Dicen que se apellidaba Domínguez y que la policía lo encontró semidesnudo, petrificado por el frío luego de 14 horas de haber sufrido, presuntamente, un ataque cardíaco.
Es invierno. Las temperaturas son bajo cero y los corazones débiles no resisten. Si están debilitados por la pobreza, resisten menos. Si el cuadro se completa con la falta de abrigo, de reparo, de un hogar digno, la pintura se transforma en la crónica de una muerte previsible. Evitable, por sobre todas las cosas.
Eduardo Galeano definió como ningún otro los padecimientos de los pobres de toda pobreza, en su exquisito poema “Los Nadies”. En Rafaela hay muchos “nadies”. Se mueren de frío, como pasó ayer. En la ciudad donde la exhibición de la riqueza es parte de la cultura nativa, la obscenidad del desamparo mata con la misma certeza que una bala del 45. Lean a Galeano y recuerden a los Nadies de Rafaela. Los que mueren de frío, de olvido y de injusticia.

“Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.

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